En la izquierda y especialmente entre los científicos es en cambio comprobable una precisa fidelidad al dogma frente a las modas intelectuales. Así como algunos socialdemocrátas continúan sosteniendo la cooperación social, los social-liberales permanecen fieles al dispositivo de la competencia (dispositivo de glocalización). Diez años de gobiernos social-liberales en la mayoría de las naciones de la Unión Europea pasaron casi sin dejar huella. Más papistas que el papaellos aceptaron la tesis de la impotencia de la política nacional. En parte esto se explica desde la comprensión positivista de la verdad como objetiva y neutral. La globalización sería un “Faktum” y de ahí, inmodificable. Los discursos son para ellos de ese modo, expresiones de la verdad, siendo como son interpretaciones interesadas de la realidad.
Las estrategias discursivas son siempre estrategias de poder. De ahí que la crítica no puede perserverar en la superficie, sino que debería denunciar las consecuencias estabilizadoras del poder a través de los discursos. Un análisis estructural protege de ello, de derrochar energía innecesaria en criticar sólo discursos o dispositivos, pues los discursos cumplen siempre sólo una función ideológica pasajera. Ellos son apuestas en el juego del poder, instrumentos hegemonizadores en la discusión. Reagan y Thatcher maximizaron la utilización de las argumentaciones del fundamentalismo del mercado. Es ilusorio creer que el verdadero liberalismo consiste en el total despliege de la libertad de mercado. El conjunto de homines oeconomicusjamás puede constituir una sociedad. Ya hace mucho tiempo Thomas Hobbes señaló que esto debía terminar en una guerra de todos contra todos. La anarquía del mercado no puede perdurar por siempre.
El socialliberalismo impulsa que la competencia social produce óptimos resultados, sería suficiente con una buena regulación. El social- sólo se diferencia del neoliberalismo en el énfasis de esta función reguladora. El social-liberalismo pretende que instrumentando políticas impositivas en la anarquía del mercado se puede alcanzar una sociedad de competencia basada en la igualdad de oportunidades. Con ello la libertad, también el libre mercado, pueden caer en otros conflictos. Estos conflictos deberían resolverse a través de autoridades competentes; por ejemplo en la EU esta tarea corresponde al comisario competente. Allí donde toda la sociedad es organizada como una sociedad competitiva se observa que la competencia disputa con todos los medios sin poner límites a lo económico. Los principios de la competencia se politizan y quien es capaz para ello utiliza el poder del Estado para fijar las reglas de la competencia en beneficio propio. El socialliberalismo quiere minimizar la coerción y maximizar la libertad. En una sociedad competitiva las intervenciones regulatorias pueden, sin embargo, aparejar ventajas competitivas: Con las mejores intenciones las autoridades reguladoras pueden aplicar medidas plausibles que pueden parecer ventajosas y complementarias del libre mercado, por ejemplo al favorecer a los ciudadanos frente a otros no ciudadanos de otros países. Estos argumentos social-liberales que suponen defender derechos universales de libertad aparecen así como imágenes de realidad, favoreciendo potenciales competidores en el mercado de trabajo. |