Los diversos intentos por definir el desarrollo alternativo tienen su origen en buena parte en los años ´80. En los ´90 esos conceptos se volvieron hegemónicos y fueron utilizados en los sermones que ofrecían los domingos en las “iglesias seculares” los representantes del establishment. Las conferencias de la ONU se ocupaban de temas de desarrollo sostenible (Río de Janeiro, 1992), sobre las mujeres (Pekín, 1995) y racismo (2001). Hoy, a la hora de hablar de desarrollo, nadie puede dejar de formular preguntas sobre medio ambiente, mujeres, participación y cultura. Así pues, los principios del desarrollo alternativo alcanzaron un reconocimiento oficial, obtuvieron tal status al tiempo que cambiaban en algún sentido. En las teorías sobre el desarrollo la crítica al pensamiento que proponía un concepto de desarrollo lineal y universal era unánime: los países del tercer mundo alcanzarían paso a paso el nivel de USA y Europa; al interior del sistema de investigación reconocido, nadie puede sostener seriamente la opinión que Europa alcanzó su punto máximo de desarrollo.
Pero con el cortejo triunfal del liberalismo se acumulan en los últimos años renovadamente las voces de los que opinan que el oeste ha alcanzado el punto culmine en el desarrollo: desde Somalía hasta Kosovo y Afganistán se consolida un hilo argumental según el cual el norte tiene el sagrado deber de llevar la modernidad y la civilización hasta los más oscuros rincones del planeta. Los temas del desarrollo alternativo: Los derechos humanos y de la mujer cumplen la función de sustituir a la religión como instancia moral. Al discurso unificado sobre la misión imperialista del siglo XIX, con la que el hombre blanco llevó el progreso, hoy se le incorporan temas como los derechos humanos y la seguridad para la paz. La idea dominante, la que sostiene que un desarrollo superior fue una bendición para la periferia es, en esta nueva concepción liberal, la visión predominante, hoy renovada y conocida en todo el mundo. |