En los movimientos de base latinoamericanos durante la resistencia contra las dictaduras militares en las décadas del 60 y 70, se actuaba en conjunto para construir los movimientos. Caminando, -encontrarse en el camino- fue la iniciativa natural de los oprimidos. Organizaron comunidades, modificaron sus vidas, fundaron cooperativas y sindicatos, leían la Biblia o aprendían a escribir. Todos estos procesos de cambio fueron mecanismos que les permitieron tomar conciencia y formularse preguntas sobre sus propias vidas y sobre la sociedad en su conjunto: ¿Quién soy? ¿Cuáles son mis deseos? ¿Dónde estoy parado?
La formación de la conciencia fue la llave maestra de esta práctica del aprendizaje, entendida como el paso a seguir para poder entender y organizar el propio mundo. Paulo Freire, pedagogo brasileño, adquirió notoriedad con su definición de la formación como una práctica de la libertad y su método de estudio colectivo. Esa práctica cotidiana sirvió como orientación para los millones de hombres y mujeres que participaron en las campañas de alfabetización. En el camino del desarrollo los caminantes encontraron impedimentos, obstáculos que impedían avanzar. Pronto quedó claro que no todos los grupos eran entusiastas por transitar ese camino; era duro y a veces producía daños y perjuicios. Por eso, las iniciativas de los grupos de base son “escuelas del pueblo” donde se puede aprender más que dentro de las cuatro paredes de un aula. Esa forma de aprendizaje como práctica de la liberación es radical porque expone abierta y descarnadamente las raíces de los problemas. Los que sufren los perjuicios aprenden que el desarrollo no significa lo mismo para todos, existen intereses enfrentados y el camino del desarrollo está regado de contradicciones y hostilidades. El desarrollo, desde esta perspectiva, es una forma de expresión política desde donde cuestionar al poder y procurar la liberación de las estructuras, esas que constituyen espacios de organización restringidos para los hombres y mujeres. |