El socialliberalismo, con su supuesta valoración de lo social, perturbó la voluntad de reforma porque no reconoció que ocuparse con lo social en sí, no era de ninguna manera progresista. El socialliberalismo fragmentó lo social, lo sometió, debido a la lógica de mercado, a una perspectiva cortoplacista y se encegueció por las estructuras. La generalización de la forma de mercancías es por eso incompatible con la realización de los ideales de libertad y justicia en las relaciones complejas de un mundo globalizado. El socialliberalismo, como ideología de los instruidos, integró el modelo neoclásico de mercado con el positivismo. La política puede integrar los efectos externos, como la contaminación del medio ambiente en el modelo de mercado; también puede aumentar los ingresos con cheques, sobre todo de los grupos más débiles de la población. Este es el espacio de acción de la política. Una vez puestas en práctica esas correcciones del mercado, lo que se contabiliza como beneficio, rige socialmente como verdad. Sólo aquello que se puede contar, llega a ser establecido. Las orquestas pueden convertirse en víctimas del mercado del mismo modo que las cooperativas de campesinos que toman en consideración el cuidado del medio ambiente. Los núcleos urbanos históricos corren tanto peligro como los museos y pueden carecer del dinero necesario para su conservación y cuidado tanto como los asilados. Una civilización es una forma de institucionalización y la convivencia no se basa sólo en los dictados del poder. De allí que sea mucho más que un mercado, es una conquista de la civilización cuya defensa no siempre es tomada en consideración. Por eso es necesaria una reorientación fundamental en la teoría y la práctica para no perder los estándardes mínimos de civilización. |