La restricción monetaria es la segunda forma estructural del capitalismo.
La relación con el dinero permite la realización de los valores y establece la conexión entre la acumulación del pasado, el presente y el futuro. El proceso de valorización culmina cuando se vende la producción y se tiene el dinero equivalente a buen resguardo. Puesto que esto es posible es necesaria una regulación estable. La inflación puede diluir la ganancia; el alza de los intereses puede amenazar la capacidad de pago y una revaluación puede terminar con las estrategias de exportación. Las políticas monetarias pueden definir cuáles productos tendrán determinado valor; ellas influyen sobre las relaciones entre el trabajo del país y del exterior, pero también del capital con el salario. La política monetaria es soberana cuando un gobierno puede fijar de manera independiente los intereses y el sistema cambiario. Los Estados nacionales de la periferia sólo pudieron sostener durante una breve fase del fordismo tal soberanía. Esta competencia esencial de la política monetaria permitió a los grandes Estados de la periferia una homogeneidad de su espacio monetario como espacio para la circulación de mercancías y un sistema productivo. El dinero establece una de las formas más importantes de una colectividad representada territorialmente porque le otorga un status a cada miembro individual como propietario de una mercancía determinada. El dinero permite a sus tenedores con su fuerza de compra alcanzar lo que desean, y permite igualmente vender su fuerza de trabajo. El dinero es frecuentemente subestimado en su significado porque es sólo visto como un medio de pago pero no como reserva de valor. Finalmente el poder juega un rol central en la relación dineraria: La inflación transfiere riqueza de los propietarios hacia los deudores; del Estado a los propietarios a la vez deudores del mismo. La devaluación favorece a los exportadores frente a los importadores. La hiperinflación desestabiliza a una sociedad porque finalmente nadie tiene noción sobre el valor de las cosas. Con la dolarización un país renuncia a una buena parte de su soberanía; la política monetaria de USA -al igual que los intereses y la política cambiaria- es aplicada en un espacio dolarizado así ese sea o no su deseo. La dolarización tiene para los países de la periferia similares repercusiones que el patrón oro del siglo XIX. La política en la periferia atada a un valor externo se ve obligada y reducida a defender el valor del dinero, esto significa inflación, un presupuesto y una balanza de pagos deficitaria a la vez que condicionan el flujo de capitales. Los dólares llegan al país sólo cuando sus balances son adecuados. Como Estado, quien quiera afianzar la vida social y la economía debería renunciar a tal política. Como en el siglo XIX, hoy es difícilmente asociable con un orden democrático condicionar un aumento salarial al riesgo inflacionario y las obligaciones sociales, al peligro de no poder alcanzar un presupuesto equilibrado. Argentina es en la actualidad el más triste ejemplo de las consecuencias de la dolarización y sobrevaluación de su moneda que se expresa en la decadencia económica y consecuente riesgo de ruptura democrática. |