La fuerza de trabajo, no el trabajo, es en el capitalismo una mercancía. Los hombres no son comercializados sino su fuerza de trabajo, esto es posible cuando se separa el tiempo de trabajo del tiempo de vida y de ese modo está disponible para los compradores. El contrato de trabajo es un contrato controvertido porque está regido por derechos jurídicos y significa un avasallamiento del tiempo. El salario constituye el fundamento de las clases en el capitalismo, el capital y el trabajo. En la teoría de la regulación la decisión sobre la distribución de la plusvalía es considerada como una forma estructural fundamental. Los hombres y mujeres producen mercancías, los propietarios se apropian de una parte de lo producido como plusvalía. El capitalismo puede establecer la plusvalía a través de estrategias extensivas o intensivas. En las estrategias extensivas reside el desafío político para encontrar nuevos espacios de acumulación en el sentido social y geográfico. La organización del trabajo no estaba en el centro de la regulación liberal pero formaba parte de la sociedad capitalista. Esto se modificó con las estrategias de acumulación intensivas, en la que está en el centro la representación colectiva de la fuerza de trabajo. Los contratos colectivos forman la esencia de la regulación fordista de las relaciones salariales.
Para Pinochet, Reagan y Thatcher, después de 1968, la principal tarea del neoliberalismo residió en modificar nuevamente las relaciones laborales y retrotraerlas al campo privado e individual en el que los asalariados “formalmente libres” debían someterse a los empresarios para poder sobrevivir. El Estado social no debía vivir por mucho tiempo, más allá de lo que permitía el mercado. La disolución de los derechos sociales y laborales apareció sobre todo como una ofensiva contra la clase media, un grupo social que no podría alcanzar a ser tal en ninguna sociedad organizada con la amplitud que alcanzó con el Estado de bienestar. |