El modelo de faces describe el desarrollo histórico como una sucesión de faces.
Existe una gran cantidad de etapas en los modelos de desarrollo. Una buena parte de ellas surgieron en el siglo XIX. La dinámica social será aquí explicada como imágenes semejantes a las que brinda la física. La mecánica social es entendida así como una sucesión de faces del desarrollo, una permanente transición de una face incompleta o rezagada de desarrollo avanza hacia una siguiente face.
Para Max Weber ello se manifiesta a través de la creciente racionalización de la sociedad, en cambio para Emile Durkheim, como consecuencia del fortalecimiento de la cohesión social en el proceso de la división del trabajo. Carlos Marx brinda al respecto dos explicaciones: Por un lado, la dinámica de las fuerzas productivas, la tecnología y la capitalización conducen a un difícil ascenso a través de la escalera del desarrollo superior. Por otro, las disputas sociales, sobre todo las luchas entre las distintas clases sociales y al interior de ellas conducen a ampliar la brecha entre los grupos sociales con marcadas diferencias de posicionamiento que implica fuertes desigualdades de participación en la distribución de las riquezas.
Todas estos modelos de faces son teleológicas, es decir, se dirigen hacia un objetivo. Alguna vez en un futuro se alcanzará algo acabado, perfecto o al menos una situación satisfactoria: Para unos es el socialismo, para otros la sociedad de consumo masivo. Entonces se mide el presente de una sociedad y se la compara con situaciones supuestas: Lo que aún falta se muestra como el grado de subdesarrollo y no desarrollo: Los unos hablan de primitivismo (a diferencias de lo civilizado), otros en cambio, de pre-industrialismo (en contraposición con las sociedades industrializadas) y aún otros de comunidades, refiriéndose en estos casos a formas de organización de grupos pequeños (a diferencia de una orientación social y como tal, compleja).
Sin duda, esta representación, que propone un punto culminante en la historia, que aspira alcanzar un objetivo determinado, está fuertemente teñido por la óptica europea y norteamericana. Esta actitud de observar a lo otro desde nuestra propia atalaya, para desde allí evaluarla, se denomina etnocentrismo. Lo propio rige como punto de referencia hacia el que los otros deben orientarse para alcanzarlo. A partir de los sucesos de 1989 lo propio, nuestra sociedad democrática capitalista, llegaba a ser al mismo tiempo -o al menos así se lo presentó-el final y el punto más alto de la historia de la humanidad. |