El factor principal para la existencia vegetal es la lucha por la luz, y —hablando en metáfora— por ella blandean las plantas todas sus armas. El estrato, es decir la coexistencia de árboles de diferentes tamaños, proporciona una iluminación diferenciada siendo el mahagoni o caoba y el ceibo los triunfadores —pero el techo de doseles cerrados de los árboles medianos reciben también suficiente luz. Otras plantas no son capaces de alcanzar por sí mismas la luz de la cual depende la vida. Ellas se valen entonces de los troncos de sus vecinos y los van trepando hasta llegar a sus copas o asentarse en sus ramas. Éstas son las epífitas, las lianas y las abrazadoras. Las lianas tienen formas distintas y pronunciadas y crecen como plantas pequeñas en el suelo o en las copas arbóreas trepando sus "anfitriones" hasta alcanzar la luz dispensadora de vida. Hay amores que matan: los huéspedes más desagradecidos de los árboles anfitriones son las abrazadoras —p.ej., el ficus, conocido también como ´matapalo´). Nacen como humildes epífitos y crecen sobre otras plantas enredando sus raíces aéreas en los troncos hasta alcanzar el suelo generoso en alimentos. Siguiendo con un bolero famoso que dice ´ay amor ya no me quieras tanto´, convierten su sistema primario de raíces delgadas en un enrejado que acaba estrangulando en sentido literal al anfitrión. Quien visita la selva se asombra de la belleza de estas especies. Aquí la radiante bromelia a pleno sol, allá las tillandsias y acullá las orquídeas —las reinas de la selva con sus formas y coloridos caprichosos que hechizan a cualquier mortal que pise este reino. Para concluir, sobran las maravillas que sobreviven casi en las penumbras. Son las especies herbáceas, los helechos y otras plantas amantes de la sombra que decoran las ventanas europeas. Las condiciones ecológicas en el ´sótano´ de las selvas pluviales obligan a que muchas especies florezcan con colores llamativos. Coloridos cuya intensidad atraen a los insectos indispensables para su reproducción. |