Los ríos de aguas blancas son corrientes turbias en donde abundan minerales. Si la acidez del agua es neutra, la fauna y la flora que habita esos ríos es variada pues reinan buenas condicionales vitales. El río clásico de aguas blancas de Suramérica es el Río de la Plata: Su nombre no proviene de las minas de plata (inexistentes) en el interior del país sino del brillo argentino del agua a contraluz. A otros observadores les parecen estas aguas blancas —lo que es evidente visto desde la perspectiva de un viajero que contempla cómo se mezclan los sedimentos fluvio-continentales con las aguas verdi-negruzcas del mar a medida que el transatlántico se aproxima a la desembocadura del Río de la Plata. Las aguas del Amazonas dan la impresión de ser blancas vistas oblicuamente y el contraste con las aguas poco sedimentadas en la desembocadura de los ríos negros o blancos salta especialmente a la vista en las inmediaciones de Manaus en donde el Río Negro vierte sus aguas en el Amazonas. El color del agua "blancuzco", en realidad "café con leche", se debe los sedimentos arcillosos que acarrean estos ríos. Sus ríos fuentes y tributarios nacen en los Andes u otras regiones con elevada erosión del suelo y transportan este material a lo largo de todo el río hasta el mar. El material acarreado se deposita en los lugares en donde se reduce el tamaño de los declives formando diques ribereños y/o —en el caso de que el río fluya en meandros— humedales. Los ríos de aguas blancas ofrecen a muchos seres vivientes acuáticos y terrestres posibilidades de existencia gracias a los sedimentos sumamente nutritivos. Estos sedimentos abonan las vegas (en Brasil llamadas várzeas) cuando sobrevienen las inundaciones y contribuyen al aprovechamiento intensivo de los suelos jóvenes y fértiles entre desbordamiento y desbordamiento. |